Que agradable sorpresa descubrir Santiago de Chile.
Siempre que he estado en Sudamérica he hecho escala en su aeropuerto pero nunca me había decidido a visitarla porque no me había cruzado con nadie que me hubiera hablado bien como para despertarme el deseo de hacerlo.
Estando en Atacama, tenia que volver a Santiago para volar a otro destino, así que decidí pasar 3 días a pesar de que muchos chilenos me dijeron que con un día era mas que suficiente. Me negaba a creer que una gran ciudad de Sudamérica no tuviera su encanto.
Y para mi pesar, de nuevo me he quedado corto y con ganas de más.
Santiago es una ciudad fascinante, ecléctica, muy dinámica económicamente hablando (quizás un poco eclipsada últimamente por San Pablo) y de un tamaño medio (comparadas con otras megalópolis americanas) donde viven 5,5 millones de personas encajonadas en un llano pegado a los Andes (mas de un tercio de la población del país).
Es una ciudad tremendamente sexy donde se puede percibir la influencia de todas las inmigraciones que han llegado a Chile y han marcado su idiosincrasia: españoles (muchos vascos), croatas, ingleses, árabes, rusos, griegos, franceses, peruanos, italianos, coreanos, alemanes, judíos y africanos.
El primer día, sin haber programado ni leído nada, mis pies me llevaron a la Plaza de Armas donde vi un chico con una camiseta que ponía “Free Tours” y de repente recordé mi buenísima experiencia en Hamburgo. Le pregunto y en 10 minutos empezaba un tour de 4 horas que recorría a pie las partes más interesantes de Santiago.
El guía, Franco, ha sido uno de los mejores guías con los que me he cruzado en mi vida. Fue entretenido, instructivo, pedagógico, me hizo sonreír, ilusionarme, emocionarme, entristecerme y sobre todo me despertó un interés apasionado por su ciudad.
Nunca me cansaré de decir lo importante que es para la percepción de un destino que tengas un guía profesional que sepa despertarte interés y calmar tus inquietudes.
Franco me explico la fundación e historia de Santiago a través de los edificios de la Plaza de Armas, centro neurálgico, político y social de la ciudad. Fue muy interesante conocer las anécdotas de la resistencia de los Mapuches a los colonos españoles y su estatus actual. De allí paseamos por la zona financiera donde me explicó el concepto de “cafés con piernas”, que estoy seguro horrorizaría a las feministas europeas.
En la casa de la moneda fue delicado, preciso y neutral pero consiguió
que un escalofrío me recorriera la espalda y se me empañaran los ojos al recordar el bombardeo por las tropas de Pinochet, el golpe de estado a Allende, las muertes indiscriminadas, los desaparecidos y sobre todo el vacío cultural que sufrió Chile durante la dictadura.
De allí al precioso edificio de la Ópera y los edificios afrancesados que lo rodean bajo el cerro de Santa Lucia, creado artificialmente en mitad de la ciudad, con jardines, zonas de paseo y un excelente mirador. Es una lastima que desde hace unos años el smug que rodea Santiago impida ver los Andes con claridad.
Y menuda sorpresa el barrio de Lastarria, bohemio-chic, que me recuerda a Buenos Aires y el concepto que tienen en Sudamérica de los barrios europeos.
De allí caminamos por el Museo de Bellas Artes y el parque forestal hasta el barrio de Bellavista, donde están las universidades y un barrio fantástico, con mucho sabor, de casas bajas y villas, llenas de graffitis que le dan un toque artístico muy agradable a la zona.
El segundo día hice un bike tour con la empresa la bicicleta verde. La guía fue nefasta y no me trasmitió ni frío ni calor, así que en un momento dado, desconecté de sus explicaciones y me dediqué a disfrutar del paseo por Santiago en bicicleta. Estuvimos en muchos lugares donde ya había estado pero lo que más me impresionó fue la visita a los mercados.
El mercado Vega Central es el mercado más importante de la ciudad. Es un edificio sin interés pero que vale la pena visitarlo para observar los productos que se venden: desde leche de burra a tés exóticos de todo el mundo, pasando por todo tipo de frutas y verduras desconocidas, jeans levanta-gluteos o tiendas de cebollas que también tiene maquinas recreativas de monedas. Todo esto combinado con coches, motos, carros, bicis….
Fue allí donde tomé uno de los postres típicos de chile, el mote con huesillos, que tiene una base de trigo, zumo muy dulce de melocotón y melocotones deshidratados (aqui llamados duraznos). Todavía no se si me gusta o no.
De allí al antiguo mercado central, donde, siguiendo las tendencias de todos los mercados del mundo (excepto Valencia), se esta transformado en un espacio vivo, dinámico, lleno de restaurantes pero manteniendo las tiendas de pescado.
Por la tarde fui a conocer la casa que Neruda tenia en Santiago y que me ayudó a conocer mejor la vida de este polifacético poeta/político/diplomático que ayudó a tanta gente durante la guerra civil española.
De regreso al hotel me dediqué a conocer la zona donde estaba
alojado, el barrio de Las Condes. Se le llama popularmente Sanhattan (Santiago + Manhanttan) por la cantidad de rascacielos (o rascacielitos) que hay. Como Chile esta localizada en una de las zonas sísmicas mas activas del mundo, los rascacielos son como una versión reducida, achatada, de los que se pueden encontrar en las grandes ciudades del mundo. Tienen un remate precioso pero parece que les falten un centenar de plantas. De todos modos ya han empezado a construir verdaderos rascacielos que desafían las leyes de la naturaleza.
El tercer día me paseé de nuevo, lentamente, por el centro fundacional de la ciudad, el antiguo Senado y asistí, de casualidad, a una misa con órgano en una catedral llena de cicatrices provocados por los desperezos de la Tierra.
Y como despedida fui a investigar detalladamente el barrio de Lastarria, con sus cafés, bares, librerías, pequeños restaurantes con encanto……donde descubrí el centro cultural Gabriela Mistral, la tiendas de diseñadores chilenos alternativos en la casa Berry, el mercadillo de antigüedades, probé la “copa fresca” (zumo de naranja recién exprimido con helado de maracuya) y sobre todo percibí que la juventud chilena está despegando con fuerza, creatividad, innovación, tolerancia, estilo propio…..justo lo contrario a los deseos de Pinochet. Ojalá se esté revolviendo en su tumba y jamás descanse en paz.